La melodía del celular empieza a sonar y el sobresalto la sacude. Con los ojos cerrados, piensa que debe apagar el timbre del despertador antes de lanzarlo por la ventana. Lentamente estira la mano hasta la mesita, coge el teléfono y apaga el molesto ruido.
Refunfuña un poco. Otra vez no sabe en qué terminará el sueño. De todas maneras no lo recodará, así que desiste de la idea de volver a dormir.
Una nueva mañana, un nuevo día, con muchas cosas que hacer. A pesar del frío, se levanta con algo de pereza. Y recuerda que hoy está sola. Qué dicha. No hay ruido.
Completamente despeinada, se coloca las pantuflas y va al baño. Los dientes, la cara y un poco el cabello, el aseo básico para estar en casa.
Decide que es hora de desayunar. Ya la tienen cansada con el asunto de "no estás comiendo". El espejo podría contradecir esa teoría.
Cocina. Es un buen lugar, es cálido, acogedor, limpio. Esta casi como ella lo dejó, pero con nuevos detalles. Ahora, la siente más personal. Es su cocina. Prende la pequeña radio con USB que tiene y la música inunda la habitación.
Abre la refrigeradora y descubre una apetitosa papaya. "Hace tiempo que no como papaya". Y hace tiempo que no usa la licuadora. Los desayunos han sido diferentes en las últimas semanas. Corta la papaya y coloca los trozos en la licuadora. Sin azúcar, nuevamente, el asunto de la balanza.
La cafetera italiana nueva está esperando. Nada mejor que el café recién pasado. La desarma y vuelve a armar, lista para colocarla sobre la hornilla.
Aún falta el asunto del acompañamiento. Algo qué mordisquear. En la tienda de la esquina está la solución. Unos gramos de queso fresco y un par de panes baguetino. Eso servirá y será más que suficiente.
Regresa a casa, a la cocina y prepara la mesa. Coloca el queso en un platito de porcelana que le recuerda a ella, porque también era de la abuela. Sonríe un poco. Los panes van al pequeño horno eléctrico, aquel que canjearon por puntos juntas en un centro comercial. De pronto, recuerda la licuadora y la enciende. El jugo está listo para servir, pero no encuentra su vaso grande de Disney, aquel que ella le regaló una mañana y que a partir de ahí se convirtió en su vaso favorito. "¿Dónde está?". La busca por toda la cocina, ese vaso no se puede perder. Luego de unos minutos y una ligera angustia, lo encuentra y respira tranquila.
El café ya está listo. Busca la taza de porcelana con filos dorados, muy elegante, usada solo para ocasiones especiales. Qué más especial que tomar café cubano recién pasado una mañana de invierno. Coloca la taza sobre el plato, igual de elegante y sirve el café humeante. Se toma unos segundos para disfrutar del olor del café. Eso también lo aprendió de ella. Echa una cucharadita de azúcar y remueve sin prisa.
Todo listo. El jugo. El pan baguetino tostado con queso fresco. El café recién pasado. Acomoda los platos, la cucharita, la servilleta. Solo faltan flores para que esa mesa de desayuno parezca una pintura, un bodegón tal vez. La música sigue sonando, ahora canta Bosé y todo se ve perfecto.
Se detiene, observa con orgullo la mesa, se sienta y decide disfrutar su desayuno. Aún cuando descubre una lágrima que recorre su mejilla y esquiva su mirada a la silla de la derecha. Aquella silla que está vacía desde hace un año. Y la recordó. Como hace casi todos los días. Como lo hizo esa mañana mientras preparaba su desayuno. La recordó a su lado, tomando el mismo desayuno. Con su hermosa sonrisa, sus ojos negros cansados, y sus manos ligeramente temblorosas. La recordó y, entre lágrimas, le sonrió. "¿Desayunamos?". Y mientras sorbía su delicioso café, puede jurar que escuchó un susurro, muy quedito, que le decía "Claro que sí, mi niña".
Y desayunaron juntas, otra vez.
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