lunes, 23 de junio de 2014
¿Y si levantamos un poquito la cabeza? Hábitos de oficina.
Conversando con un amigo y ex compañero de oficina, recordé un extraño hábito que aparece en los centros de labores y que, por la costumbre y la rutina, asumimos con la más absoluta normalidad.
Cuando somos oficinistas, somos importantes. Tenemos nuestro propio espacio, nuestro escritorio decorado a nuestro gusto, nuestro locker atiborrado de importantes papeles, nuestra cómoda silla con ruedas en las patitas, nuestro stand a medida lleno de libros grandes y gruesos, nuestro teléfono con speaker para las necesarias "teleconferencias", nuestras sillas de invitados y hasta nuestra pequeña área para servir el café a los esperados invitados.
Los más afortunados tienen un closet con una camisa o blusa limpia, una máquina cafetera exclusiva, y hasta un asistente que se toma las molestias de asegurase de que el café esté caliente y a gusto, mientras recita con firmeza cada una de las citas y reuniones del día.
Pero también, cuando trabajamos en oficina, nos llenamos de trabajo, trabajo y más trabajo. Nos llenamos de estrés, de problemas, de cronogramas, de fechas de entrega. Nos llenamos de información y de procesos engorrosos. Nos enfrentamos a miles de problemas y desafiamos al tiempo, como si pudiéramos vencerlo. Y hasta nos olvidamos de la salud, y es que cuando trabajamos, somos indestructibles. Claro, a muchos les puede parecer fascinante, finalmente se supone que todos estudiamos una profesión para ejercerla en un ambiente laboral que a veces requiere de altas presiones. Y si bien es cierto, la adrenalina puede ser excitante, no necesariamente es saludable. Pero ese es otro tema.
Lo que me pareció valioso recordar fue precisamente lo que se olvida en el ínterin de esta vorágine de actividades y ocupaciones. Mientras estamos sumergidos en la pantalla del computador, contestando llamadas y respondiendo correos, nos olvidamos de que somos humanos, que no estamos solos, que hay personas a nuestro alrededor que facilitan nuestro trabajo y que conviven con nosotros gran parte de nuestro día. Están ahí, y sin embargo, no los vemos. Y es que a las oficinas se va a trabajar, no a sociabilizar. Nos pagan por producir, por rentabilizar, y cada minuto cuenta, no podemos malgastar las "horas hombre" en tonterías como conversar sobre la vida privada. Y claro, si sacrificamos cosas importantes como almorzar con mamá, saludar a un amigo por su cumpleaños, ver una película con el novio, entonces ¿con qué tiempo nos vamos a ocupar de la existencia de otros?
Pero no somos máquinas, aún no somos robots. La gente sufre, llora, se angustia, y es emocional. Somos emocionales porque somos seres vivos. Estamos vivos. Y si bien es cierto, en una oficina uno debe mantener el "profesionalismo" y la "cabeza fría", no nos hace menos profesionales voltear un poco la cara y mirar, de verdad y a conciencia, a nuestro compañero de labores. Aquel que comparte con nosotros las mismas ocho horas de trabajo, el mismo ambiente y el mismo aire.
Porque si lo hacemos, podemos descubrir que no estamos solos. Que hay todo un mundo en cada persona que vemos. Como la señora del café, que tiene la mirada perdida pensando que no puede ver a su pequeño de cinco años disfrazado de zanahoria en la mejor actuación de su vida en el colegio. O la chica delgada con gafas que acomoda los archivadores, que nunca sonríe porque extraña a su abuelo que falleció hace tres meses. Y la señora que atiende los teléfonos que hoy decidió maquillarse un poco más para cubrir las ojeras que le deja el desvelo de su niña enferma. O el joven entusiasta que, cada diez minutos, toma una taza de café porque está intentando con todas sus fuerzas dejar el cigarro.
Si miramos más allá de nosotros, descubriremos mundos muy parecidos a los nuestros. Gente de carne y hueso, que tiene una vida más allá del absorbente trabajo. Personas diferentes que tienen aficiones, que gustan de cocinar comida italiana, que aman el cine con pasión, que tejen, que adoran los pasteles de chocolate, que tiene miedo a las arañas, y a la soledad. Personas como nosotros, con mundos donde no existe la jerarquía y no importan los cargos. Mundos que se conectan, cuando el gerente comercial descubre que comparte la misma afición por los cómics con el muchacho mensajero, y son capaces de hablar de ello con una pasión que nadie más entenderá.
Cuando miramos más allá, vemos a Rosa, Pablo, Carmen, Julián, no a la secretaria, al jefe, al gerente o al vendedor. Vemos personas, y no solo cargos. Y esa diferencia, nos puede hacer más humanos.
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