"Esto es casi
insultante", pensó Sofía mientras desistía de un nuevo intento de seducir
a su esposo.
Y es que el desinterés y
cansancio que mostraba su marido cada vez que estaban juntos era
desesperante.
Poco a poco, Sofía se iba
desanimando con cada intento. Una delicada caricia, un tibio soplido, una sutil
mirada y hasta una nada sutil caricia en la entrepierna. Nada. Solo una sonrisa
de lado, una confusa sonrisa que Sofía no sabía interpretar. "O está aburrido
o realmente esto es una tortura para él".
Sofía se da vuelta y se
distrae. No quiere pensar en qué momento dejó de interesarle a su esposo. En
qué momento él dejó de sentir ese fuego. En qué momento dejaron de ser amantes
y se convirtieron en compañeros de cama.
Voltea de reojo y lo ve.
Impávido, echado a su lado cual largo era, con la camisa semi abierta y una
apacible mirada. Mira absorto la T.V., una película de bajo presupuesto con
escenas llenas de sangre y balas por todas partes tiene su máxima atención.
"¿Cómo puede gustarle eso?, ni siquiera tiene un argumento decente".
Sofía se levanta
lentamente. Cruza por su lado pero él no se inmuta. Se detiene un segundo
frente al espejo de pie y se observa. Aún es una mujer guapa y no ha descuidado
su figura. Ni siquiera anda desaliñada. Suspira y sale. Va a la cocina a por un
vaso con agua. Intenta ordenar sus ideas. Intenta no pensar en la terrible
realidad. "Mi esposo ya no me desea, pero solo han pasado dos años desde
que nos casamos, ¿cómo es posible?, ¿es esto el matrimonio?". Sofía se
resiste a creerlo. Bebe con vehemencia el vaso con agua y regresa a la
habitación. Él sigue ahí, en la misma posición, con la mirada fija, inmóvil, no
sabe si está dormido o muerto. Es casi lo mismo.
Sofía se quita las
pantuflas y sube nuevamente a la cama. Lo mira. Sabe que está despierto. De
pronto tiene un poco de ansias, hace mucho que su esposo no la toca, extraña el
calor de su cuerpo. Se acerca e intenta distraerlo. Nada. "¿Qué
miras?", le pregunta con un tono juguetón. "Una peli", le
responde con un tono seco, casi tosco. "Ya...". Entonces, sin aviso,
intenta darle un beso en los labios, pero no tiene éxito. Él gira ligeramente,
sonríe y le da un beso en la frente. "¿Un beso en la frente?, ¿en
serio?". Sofía no se rinde. Apoya su cabeza en su pecho y él pasa su brazo
por debajo. "Es cómodo estar así", pensó. Le besa el rostro con mucha
ternura, los ojos, las mejillas, la comisura de los labios. Acerca su mano a su
pecho y le desabrocha un botón, luego otro y otro más. Con cada movimiento lo
mira, él voltea distraído, con la misma sonrisa de lado, y le besa la frente
otra vez. Sofía da un paso más. Introduce su mano adentro de su pantalón y lo
acaricia con dulzura. Sabe que él está disfrutando, lo escucha suspirar
relajado y siente su cuerpo caliente. "Eso es algo", piensa. Sofía
continúa en su tarea, con tímidos besos en el pecho y caricias a los lados.
Entonces lo intenta. Se acerca a su rostro e intenta besarle. Nuevamente sus
labios caen en la mejilla.
Sofía no entiende, no
puede estar más confundida. Con un poco de extrañeza, levanta la mirada hacia
él. "¿Qué pasa, por qué me miras así?", "¿Por qué me
esquivas?", "Mi amor, estoy cansado".
Sofía siente una ligera
punzada en el estómago. "¿Cansado?," piensa, "¿cansado de hacer
el amor, cansado de mí? Bueno, no hagamos tanto drama, tal vez el trabajo lo
tiene así. Es domingo y solo quiere descansar". Se convence y hasta le
resulta comprensible.
Sofía desiste de su idea
y se da la vuelta. Una noche más, qué más da, tal vez cuando termine su
película o se aburra de la tele, tal vez cuando se acuerde que ella aún existe,
tal vez cuando la vuelva a desear. De pronto, siente una fría mano que se cuela
por debajo de su blusa y le regala tiernas caricias en el estómago. Voltea y lo
ve, igual con la mirada fija en la T.V. pero con el brazo estirado, como quien
acaricia un gato que tiene al lado. Aun así, Sofía siente calor, un calor
agradable, se permite disfrutar, aun cuando su confusión aumenta. "No lo
entiendo".
Él se acerca y le da otro
beso en el rostro. Hay cierta dulzura en sus caricias. Coge el control remoto y
cambia de canal. Encuentra un partido de fútbol que captura toda su atención y
excitación. "Genial", murmura Sofía con frustración. Como si no fuera
suficiente competir con una triste película de acción.
"Corre, ya, no seas
malo, ¡uffff!, ¡nooooo!". Esta batalla está perdida.
Sofia se rinde. Con la
tristeza inundando su corazón se da la vuelta. Le da la espalda, y trata de
comerse sus ansias, otra vez, a la espera de que el sueño le haga olvidar esa
terrible sensación de rechazo. "Ya no me deseas", susurró bajito,
casi solo para ella. El distraído esposo voltea a verla, le hace una caricia
casi automática y vuelve a lo suyo.
Pasados diez minutos,
termina el partido y él apaga la T.V. Se detiene a mirarla y decide acercarse.
Ella voltea y lo mira confundida, "¿y ahora qué?", piensa. De pronto,
él se acerca y se sube sobre ella, besándole con furia el cuello y el rostro.
No dice nada, no comenta nada. La toma de manera rutinaria, con caricias
rápidas, rozando su incipiente barba con vehemencia, raspando la delicada piel
de Sofía. Ella no entiende, su confusión aumenta, finalmente él demuestra
interés, pero no es lo que ella esperaba. Intenta disfrutar, pero no puede. Él
se empieza a mover sobre ella, es automático, está en modo mecánico, se mueve
con fuerza, con desesperación, con prisa, ¿por qué el apuro? Ella quiere caricias, no hay tiempo
para eso. Tampoco hay besos en los labios. "Maldición, ¿por qué no me
besa". Él continúa, cada vez más fuerte, más rápido, casi con culpa, con
obligación. Ella sabe que pronto va a acabar, sabe que está muy cerca al
orgasmo, "¿al menos dejará que yo acabe?", se pregunta. Y ya sabe la
respuesta. Tampoco hay tiempo para eso. Él suspira fuerte, hace mayor presión,
y de pronto, un gemido. Luego todo es relajación sobre el cuerpo de Sofía. Y
más confusión y frustración.
"¿Te estoy
aplastando?", pregunta pasados unos minutos. Sofía no se cree que esa
pregunta sea importante ahora. "¿Eso le preocupa?".
"No", contesta.
Él se da vuelta y busca
abrazarla. Le da besos mecánicos en el rostro. Y Sofía no puede sentirse peor.
Está triste pero sobretodo, indignada, "¿de verdad cree que esto es lo que
quería?", se pregunta, "¿qué carajos es esto?, no es hacer el amor,
es un cállate y no jodas". Sofía lo mira, no entiende, está más
confundida, ¿en qué momento se fue todo a la mierda?
"Merezco más que
esto, ¿sabes?", le dice Sofía, con dolor. Y con la poca dignidad que le
queda, se levanta y se pone de pie. Él la mira, baja la cabeza y susurra un
"lo siento".
Pero eso no basta.
Sofía sale de la
habitación y se dirige a la sala. Busca el mueble más cómodo y se sienta. Por
primera vez dormirá en el sofá. Sabe que él no la buscará. Con la confusión y
tristeza a cuestas, se acurruca en el sofá y siente unas tibias lágrimas
recorrer sus mejillas. Sabe que las cosas no van a mejorar. Sabe que no puede
esperar más. Sabe que, probablemente, su matrimonio se acabó, sabe que tiene
que tomar una decisión, pero no sabe cuál. Hoy lo sabe, pero hoy no quiere
pensar más. Mañana tal vez.
Tres cosas que nunca se deben romper: la confianza, las promesas y un corazón.
— Filosofía♕ (@FIL0S0FIA) junio 23, 2014
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