Y de pronto, la puerta se cerró y eso fue todo.
Se dio media vuelta y respiró hondo, largo, como si con cada respiración, el tiempo se pudiera detener. O regresar.
No quiso pensar más, las palabras aún se le amontonaban en la cabeza y seguían sin tener sentido. Siempre se había sentido una persona racional, pero toda la situación no tenía nada de coherencia, aparentemente. ¿Qué pasó y cómo pasó?
Decidió pensar después, la mente le dio tregua y no pudo hacer nada más que sentir. El cerebro se apagó y el corazón tomó todo el control. Eso era nuevo. Sentía cómo el aire entraba por los pulmones y quemaba. Sentía cómo un rayo de sol se colaba por la puerta y se depositaba, punzante, en la erizada piel. Sentía cómo un ligero viento le levantaba la bata de seda y le recordaba que aún estaba detrás de la puerta de su casa, sin ropa, sin vergüenza y con mucha tristeza.
Agachó la cabeza y en silencio, caminó al interior de su casa. Para ser un día tan soleado, se veía mucha oscuridad. Es lo que tiene de particular esta ciudad y esas herméticas casas antiguas. Debajo de ese gigante colchón de nubes, todo es gris. Y esa mañana, no había color.
Se acercó a la cocina. Puso a hervir agua y preparó la cafetera. Echó dos cucharadas del café colombiano que trajo en su último viaje y esperó. El humeante y delicioso olor a café recién pasado siempre le levantaba el ánimo. Y le despejaba la mente. En ese momento, necesitaba ambas cosas.
Con una taza de café en la mano, se refugió en su dormitorio. El olor de su camisa, mezcla de madera y sal, aún estaba presente y las sábanas desordenadas delataban el torbellino de una perfecta noche que, ahora, tenía sabor a despedida. ¿Cómo sucedió tan pronto?, ¿cómo no lo vio?, ¿o no lo quiso ver?
Se sentó al borde de su cama. Observó cada detalle de su habitación y se dejó caer sobre la cama, aquella que horas antes se sentía completa, ahora estaba vacía, fría, sin sentido, sin nada. Cerró los ojos y sintió un ligero mareo. Los pesados párpados le recordaban que no había dormido mucho, pero ¿cómo hacerlo ahora? Entonces, como película antigua, las imágenes se amontonan en su mente. Un hola, una caricia coqueta, una risa juguetona, una sonrisa, unos dedos en sus cabellos, muchos besos, un suspiro profundo, una mirada de tristeza, unos ojos rojizos, una temblorosa voz, un lo siento. Un adiós.
Abrió los ojos y notó que no lloraba. Extraño. La tristeza era palpable pero no se manifestaba. Tal vez su mente nuevamente estaba bloqueando su corazón. Tal vez lloraría después. Tal vez no era su naturaleza llorar.
“¿Así que esto se siente cuando te dejan?” se dijo. Una sensación dolorosa, confusa, y extraña. Muy extraña.
Lentamente se levantó, se quitó la bata, se metió a la ducha y esperó. Solo faltaba doce horas para que acabe el día.
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