Una semana antes, su nombre no significaba nada para mí, él era un conjunto de letras impresas en la cubierta de algunos libros que habían pasado por mis manos sin leer.
Pero un viernes por la mañana, salió del libro y apareció el hombre detrás del nombre, un tipo alto, relajado y un poco desaliñado con el sacón largo y las manos en los bolsillos, un típico señor porteño de mirada profunda, traviesa, seductora, un personaje interesante, curtido, capaz de hablar de política o de música con la misma pasión con la que escribe sus novelas, un tio maduro con alma y corazón de adolescente que aún tiene hambre de la vida.
Y creo que me enamoré, pero me enamoré de la idea, del tipo encantador que sabe cómo tratar a una mujer, que sabe cómo seducir, que sabe cómo decir un poema y hacer creer que lo escuchas en exclusiva, que sabe usar el discurso de "la vida es hoy y ahora", que canta una canción en público y te hace sentir que lo hace al oído, y qué definitivamente sabe cómo robar un beso (una y otra vez).
Me encantó y mucho, aluciné con su discurso de escritor exitoso, de intelectual contemporáneo, y de hombre de mundo. Logró seducirme y le resultó tan sencillo porque yo me dejé deslumbrar.
Pero obviamente, el turista quería algo más, y yo no accedí. No me molestó su insistencia, porque incluso para la presión tiene talento, dentro de todo lo entendí, es un extranjero, en un país nuevo, con un hotel de lujo pagado por todo un fin de semana, y todas las gollerías que pueda pedir, la ciudad es para disfrutar, y eso supongo me incluía. Pero yo no quería ser la historia para contar en el bar el viernes por la noche, además mi ética profesional me lo impedía, sin dejar de mencionar mi pudor natural, creo que simplemente que no soy la chica adecuada para una aventura de fin de semana. Hay cosas que tienen que fluir y se disfrutan hasta donde una quiere, el carpe diem no es contra el tiempo, es libertad. Yo no sentí que fuera el momento, no ese fin de semana, talvez más adelante, talvez en otra vida, quién sabe.
No sé si me entendió, no sé si se resintió, no lo sé y ya no importa. Tampoco me angustia y mucho menos me arrepiento, porque me quedo con lo vivido; me quedo con el óleo de mujer con sombrero; con las miradas y las endulzantes palabras; me quedo con los besos apasionados, robados y con aire a prohibido, con esos labios agresivos y suaves a la vez; me quedo con las caricias bajo la mesa, amaparados por la oscuridad y nuestra complicidad; me quedo con sus ojos llenos de lujuria y sus ganas de más. Me quedo con todo eso porque aunque no parezca soy romántica y cursi, y me quedo con las cosas que tal vez otras desechan. Y no me arrepiento, porque disfruté cada momento, una deliciosa forma de descubrir que el corazón nunca deja de latir y es posible enamorarse en un día y por un fin de semana.
El domingo por la noche hizo su maleta y tomó el vuelo de regreso, quién sabe si lo volveré a ver, la idea tampoco me quita el sueño.
-Entonces, ¿ya no volverá nunca más?
-No lo sé
-¿Te arrepientes de algo?
-No
-¿Te dio pena que se fuera?
-No
-¿Lo extrañas?
-No
-¿Lo amas?
-No
-No te entiendo...
-Mejor, basta con que me entienda yo.
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