miércoles, 27 de mayo de 2009

Mejor hablamos por el messenger :)

El Messenger es un asunto interesante: es útil, sencillo, peligroso, absurdo, y por desgracia, necesario.
El Messenger nos permite transmitir y comunicar, en el sentido más amplio de la palabra. Comunicar todo, lo que sea, transmitir palabras, fotos, videos, todo. Es un conjunto de todo: es un sistema de telegramas en tiempo real, es un teléfono, una cámara de video, un almacén de datos, ¿se me olvida algo?
Con el Messenger podemos hablar con quien sea. Podemos conversar con el hermano que está cruzando el Atlántico y contarle que nuestro perrito está recibiendo un adiestramiento canino “full intensive”. O podemos reírnos de los últimos chismes que nos cuenta la amiga que está en su laptop a tres pasos de nuestra oficina.
Con el Messenger podemos ser las personas más sociales y populares del mundo, tenemos cientos de amigos en nuestra lista, divididos y categorizados, y conversamos con ellos según nuestro ánimo e importancia. El hombrecito verde nos indica quiénes están conectados y, según quién sea, nos animamos a hablar. No hay presión, si no es necesario no decimos nada, sabemos que están ahí, total, siempre están ahí, al menos los clásicos de la lista. Si no queremos hablar con nadie ponemos el ícono de “desconectado” para que nadie nos vea. La invisibilidad es una de las maravillas del Messenger. Como somos tan sociables y solicitados, no queremos que nos interrumpan mientras revisamos nuestro correo o navegamos en youtube. Pero ¡uy! Si no hay hombrecito verde, ¡qué raro! ¿Dónde están mis cientos y miles de amigos? Y nos conectamos nuevamente. Entonces nos habla un patín que olvidamos que alguna vez agregamos. ¡Qué flojera! Como la conversa no es entretenida, decimos que tenemos que salir y que otro día hablamos. Nos desconectamos. Más divertido será un juego de spider solitario.
En el Messenger podemos mentir con descaro, sabemos que nuestro receptor no nos ve, ni siquiera si estuviéramos con la cámara web, la tecnología no puede capturar la verdad de los ojos. Y claro, la infalible “sory, no tengo cam, amia!” nos evita el contacto visual. Entonces podemos mentir, sin piedad ni culpa, y sin cambiarnos el pijama. Mentir desde lo más tonto hasta la mentira más elaborada. Dependiendo de nuestra habilidad, estas mentiras nos salvarán o serán nuestra ruina. Total, si es alguien sin mucha importancia, no nos importará.
En el Messenger podemos superar nuestros temores y enfrentarnos con la persona que no podemos ver a la cara. Podemos descargar nuestra furia, incluso abrir nuestro corazón, la pantalla aguanta todo y si no queremos respuesta, cerramos sesión y corremos como ratas.
En el Messenger podemos ser acosadores y volvernos obsesivos. Es malo para la salud si estás metida en una relación insana y tortuosa. Si ves que él está conectado y no te habla, te desesperas; pero si te habla, lo atormentas con mil preguntas hasta que se desconecta. Si no está conectado, te preguntas si te bloqueó o está invisible. ¿O será que ya me eliminó el muy bastardo? En este hoyo negro de mil posibilidades, si eres la que más ama de la relación, no hay forma que salgas cuerda de ahí. El Messenger te puede volver clínicamente loca.
Como digo, es un asunto interesante. No me gusta el Messenger, pero lo uso igual. Es necesario, es útil. ¿Contradictorio?, ¿no? Como todo en la vida. Uno de los mejores aportes de la sociedad moderna. Una herramienta tan absurda, impersonal y completamente necesaria.

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