
La vida te da sorpresas que pueden durar un segundo. Una lágrima que cae mientras ves una película, un recuerdo que te asalta y descubre tu debilidad, un choque de autos que te convierte en víctima, y un sincero beso que pide salir para estrellarse en unos labios sorprendidos.
Las cosas inesperadas te quitan el aliento, te hacen vulnerable y te obligan a reflexionar, aún cuando no quieres hacerlo.
Solo se necesita un segundo, o tal vez unos más.
Esa noche se presentaba muy tranquila. Iba camino a mi casa, mi amigo y yo habíamos visto una emotiva y espectacular película realizada en Afganistán y habíamos comido —más él que yo— unos sandwichs en un restaurante de comida rápida. Por ese motivo estaba relajada y un poco soñolienta que me permití acurrucarme en sus brazos por unos minutos.
Pero solo se necesita un segundo, para que tu pequeño mundo de calma provisional, se rompa de la manera más brusca. Porque un segundo antes estaba escuchando —casi entre sueños y mimos— a una mujer en la radio que hablaba sobre la política educacional de nuestro país; y un segundo después, las cosas cambiaron: un ruido fuerte, unas luces que se encienden y mi cuerpo que pierde su estabilidad y rebota bruscamente en el asiento del conductor para luego terminar depositada en el piso del asiento posterior.
Todo en un maldito segundo.
Mi amigo sufrió la peor parte, salió disparado hacia el asiento de adelante y por poco no rompe el vidrio con su cabeza. Un segundo después: bulla, insultos, luces, gente mirando alrededor, y un terrible y hondo dolor de cabeza, brazos y piernas. Mi taxi había chocado con otro auto.
En los segundos siguientes, pienso en mil cosas: mi mamá, mi manita, un hospital, mi mala suerte, y hasta en un funeral, qué se yo. Aún no me reviso y no sé si estoy herida. Siento que me arde el brazo, y la frente de mi cara que duele a rayos por el impacto.
De pronto escucho la voz de mi amigo, me acordé que no estaba sola, él me estaba llamando y me preguntaba si estaba bien. “Sí, creo”. En realidad es la respuesta típica que doy a la pregunta ¿estás bien?, pero creo que esta vez tenía que pensar a conciencia mi respuesta. En realidad no lo sabía, me dolía la cabeza brutalmente, al igual que el resto del cuerpo. Inconscientemente busqué sangre, no lo encontré. “¿Tú estás bien?” pregunté tardíamente a mi amigo, y aparentemente vi que sí, estaba intacto, estábamos intactos, eso está bien.
Salimos del auto y nos fuimos caminando. Aparentemente estábamos bien, solo fue un susto. Tomamos otro taxi y ahí, más tranquilos, nos analizamos mejor. Golpes, raspones, moretones, y cortes (en el caso de él) fue el saldo final. Un gran susto y mucha suerte. Definitivamente mucha suerte, pudo ser peor.
Finalmente llegué a mi casa, abracé a mi mamá y ya recuperada del susto, recién lloré.
Me fui a dormir agradeciendo a Dios y a mi “buena suerte” que, como siempre, estuvo ahí para cuidarme en ese exacto segundo.
Las cosas inesperadas te quitan el aliento, te hacen vulnerable y te obligan a reflexionar, aún cuando no quieres hacerlo.
Solo se necesita un segundo, o tal vez unos más.
Esa noche se presentaba muy tranquila. Iba camino a mi casa, mi amigo y yo habíamos visto una emotiva y espectacular película realizada en Afganistán y habíamos comido —más él que yo— unos sandwichs en un restaurante de comida rápida. Por ese motivo estaba relajada y un poco soñolienta que me permití acurrucarme en sus brazos por unos minutos.
Pero solo se necesita un segundo, para que tu pequeño mundo de calma provisional, se rompa de la manera más brusca. Porque un segundo antes estaba escuchando —casi entre sueños y mimos— a una mujer en la radio que hablaba sobre la política educacional de nuestro país; y un segundo después, las cosas cambiaron: un ruido fuerte, unas luces que se encienden y mi cuerpo que pierde su estabilidad y rebota bruscamente en el asiento del conductor para luego terminar depositada en el piso del asiento posterior.
Todo en un maldito segundo.
Mi amigo sufrió la peor parte, salió disparado hacia el asiento de adelante y por poco no rompe el vidrio con su cabeza. Un segundo después: bulla, insultos, luces, gente mirando alrededor, y un terrible y hondo dolor de cabeza, brazos y piernas. Mi taxi había chocado con otro auto.
En los segundos siguientes, pienso en mil cosas: mi mamá, mi manita, un hospital, mi mala suerte, y hasta en un funeral, qué se yo. Aún no me reviso y no sé si estoy herida. Siento que me arde el brazo, y la frente de mi cara que duele a rayos por el impacto.
De pronto escucho la voz de mi amigo, me acordé que no estaba sola, él me estaba llamando y me preguntaba si estaba bien. “Sí, creo”. En realidad es la respuesta típica que doy a la pregunta ¿estás bien?, pero creo que esta vez tenía que pensar a conciencia mi respuesta. En realidad no lo sabía, me dolía la cabeza brutalmente, al igual que el resto del cuerpo. Inconscientemente busqué sangre, no lo encontré. “¿Tú estás bien?” pregunté tardíamente a mi amigo, y aparentemente vi que sí, estaba intacto, estábamos intactos, eso está bien.
Salimos del auto y nos fuimos caminando. Aparentemente estábamos bien, solo fue un susto. Tomamos otro taxi y ahí, más tranquilos, nos analizamos mejor. Golpes, raspones, moretones, y cortes (en el caso de él) fue el saldo final. Un gran susto y mucha suerte. Definitivamente mucha suerte, pudo ser peor.
Finalmente llegué a mi casa, abracé a mi mamá y ya recuperada del susto, recién lloré.
Me fui a dormir agradeciendo a Dios y a mi “buena suerte” que, como siempre, estuvo ahí para cuidarme en ese exacto segundo.
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